- Cuatro perros, cuatro historias de vida y una misma oportunidad de volver a ser felices.
- Desde hace cerca de tres años, Olga Liliana Reinosa ha encontrado en la adopción una forma de transformar la vida de perros adultos, con discapacidad o con necesidades especiales que han pasado por la Unidad de Protección Animal (UPA).
Hay amores que llegan caminando sobre cuatro patas, otros que necesitan pañales, algunos que no pueden ver y otros que requieren una silla de ruedas para descubrir el mundo. En la casa de Olga Liliana Reinosa, todas esas historias tienen un lugar, una familia y, sobre todo, una segunda oportunidad.

Fotografía: Olga y su hogar de peluditos adoptados.
Su hogar es el refugio de cuatro perros adoptados. La mayoría llegó a su vida a través de la Unidad de Protección Animal (UPA) de Manizales, donde encontró algo más que una persona dispuesta a abrirles la puerta: una mujer que mira más allá de la edad, la discapacidad o los cuidados que necesitan. Olga elige, precisamente, a esos peluditos que muchas veces pasan inadvertidos cuando alguien busca un compañero de cuatro patas.
Su historia con la UPA comenzó hace cerca de tres años. Desde entonces, las caminatas de adopción se convirtieron en una cita que no se pierde ningún sábado. Allí conoció a algunos de los perros que hoy duermen tranquilos en su casa y aprendió que adoptar no siempre significa elegir al más joven, al más inquieto o al que parece no tener ninguna dificultad. A veces, significa detenerse frente a aquel que necesita un poco más de ayuda para encontrar una familia.
Toby: el comienzo de una familia diferente
Antes de que su hogar se convirtiera en el lugar seguro de cinco peluditos, Olga ya compartía su vida con Azul, una perrita que no pertenece a la UPA, y Rocky, que llegó un día hasta la puerta de su casa y terminó quedándose. Pero fue Toby quien marcó el inicio de esta historia de adopción.
En las caminatas de los sábados, Olga lo veía con frecuencia. Toby era un perro adulto mayor, de aproximadamente 10 años, que presentaba problemas en sus orejas asociados con su avanzada edad. Mientras otras personas podían pasar de largo, ella comenzó a verlo con otros ojos. Entendió que también merecía vivir acompañado, recibir cuidados y disfrutar de la tranquilidad de un hogar.
Así llegó Toby a su familia, demostrando que los años no disminuyen la capacidad de un animal para recibir y brindar cariño. Al contrario, los perros adultos mayores también tienen derecho a vivir esta etapa de sus vidas con bienestar, protección y compañía.
Mora, una historia de tristeza que encontró consuelo
Después llegó Mora, una perrita de la UPA con una condición especial: no tiene cola y necesita usar pañal debido a los cuidados que requiere. Antes de encontrar un hogar definitivo, intentaron adaptarla a otras familias en cuatro ocasiones, pero terminó siendo devuelta por las dificultades que implicaba su cuidado.
Mora necesitaba a alguien que comprendiera que su condición no la hacía menos merecedora de amor. Olga decidió recibirla y acompañarla en su proceso de adaptación.
La recuerda como una perrita muy triste. Por eso, comenzó a cargarla todos los días y a acomodarla sobre su pecho, regalándole ese contacto cercano que le permitía sentirse protegida. Con el tiempo, esa rutina se convirtió en una forma de fortalecer su vínculo y ayudarla a recuperar la confianza.
En la casa de Olga, Mora dejó de ser la perrita que regresaba una y otra vez al refugio. Encontró un lugar donde sus necesidades especiales no son motivo de rechazo, sino una responsabilidad que se asume con paciencia, compromiso y cariño.
Negro y Feliz: otras formas de descubrir el mundo
Negro es otro de los integrantes de esta familia. Es ciego y necesita que su entorno sea seguro y que quienes lo acompañan comprendan sus necesidades. Su historia recuerda que los animales con discapacidad también pueden construir vínculos, disfrutar de la compañía y tener una vida digna cuando reciben los cuidados adecuados.
Feliz, por su parte, utiliza una silla de ruedas para movilizarse. Su llegada comenzó como una prueba de fin de semana: Olga quería conocerlo, entender sus necesidades y descubrir cómo sería la convivencia. Lo que inicialmente parecía una experiencia temporal terminó convirtiéndose en una decisión para toda la vida.
Feliz se quedó. Y con él llegó otra oportunidad para demostrar que adoptar un animal con discapacidad no consiste únicamente en ofrecerle un techo, sino en comprometerse con su bienestar, su movilidad, sus controles y las condiciones que necesita para vivir de la mejor manera posible.
Junto a Toby, Mora, Negro, Feliz y Azul, Rocky también forma parte de la historia de Olga y del hogar que ha construido alrededor del cuidado animal. Cada uno tiene una personalidad y unas necesidades distintas, pero todos comparten algo fundamental: cuentan con una persona que decidió hacerse responsable de ellos.
Una alianza que transforma vidas
En este camino, Olga no ha estado sola. La Unidad de Protección Animal la ha acompañado durante el proceso de adopción y adaptación de sus peluditos. Los funcionarios conocen su compromiso y, cuando llegan animales con condiciones especiales, adultos mayores o con necesidades de cuidado particulares, saben que pueden encontrar en ella una persona dispuesta a considerar su caso.
Además de recibir animales que requieren atención especial, Olga ha abierto las puertas de su hogar a peluditos que han sido devueltos después de otros procesos de adopción. Su experiencia demuestra la importancia de acompañar a las familias adoptantes, explicar las necesidades de cada animal y ofrecer orientación para que la convivencia sea responsable y duradera.
La adopción requiere compromiso, tiempo, recursos y disposición para aprender. Antes de llevar un animal a casa, es importante conocer su estado de salud, sus necesidades físicas y emocionales y las condiciones necesarias para garantizarle una vida digna. En los casos de perros adultos mayores o con discapacidad, estos aspectos cobran especial relevancia.
Por eso, desde la Unidad de Protección Animal se resalta la importancia de adoptar con responsabilidad, evitar las devoluciones por falta de preparación y comprender que cada animal merece ser tratado con respeto, sin importar su edad, apariencia o condición.
La historia de Olga Liliana Reinosa es también una invitación a mirar de otra manera a esos peluditos que llevan más tiempo esperando una familia. Los que caminan con dificultad, los que no pueden ver, los que necesitan pañal o los que han envejecido bajo el cuidado de otros merecen la misma oportunidad de encontrar un hogar.
Cada sábado, cuando Olga regresa a las caminatas de adopción, su presencia reafirma una decisión que va más allá de llevar un perro a casa: elegir cuidar incluso cuando el camino exige más.
Porque adoptar no es salvar por un instante. Es comprometerse con una vida, acompañarla en sus necesidades y demostrarle, todos los días, que nunca más tendrá que enfrentar el mundo sin una familia.


